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  • 24 de Agosto

    El Comienzo del Juicio

    Nicholas van Alsteyn, Padre William Wipfler, Amado Antonio Garay, y Obispo Thomas Gumbleton

    Incluso antes del comienzo del juicio a las 9am en la sala del Juez Wanger, la sala estaba a rebosar, con gente convergiendo desde San Francisco, Los Angeles y Fresno, muchos de ellos llevando la imagen de Oscar Romero en chapas (ofrecidas por Isabel Cárdenas de Los Angeles). Personas del Centro Oscar Romero de Fresno estuvieron en solidaridad a la puerta de la corte con una hermosa pancarta.

    El letrado que lidera el grupo legal Nicholas van Alsteyn, socio de la firma en San Francisco de Heller Ehrman White & McAuliffe, comenzó con un argumento de apertura muy poderoso sobre los amplios contornos de este caso. (La trascripción estará disponible en unos días)

    Van Aelstyn llevo al juez y a la audiencia de la sala a la entrada de la misma capilla donde, el 24 de Marzo 1980, el Arzobispo Romero celebraba una misa conmemorativa. Van Aelstyn puso una cinta de audio de la homilía que Monseñor dio esa tarde. Estábamos escuchando cuando un disparo a gran volumen irrumpió en la misa, y seguida de gritos. Tras estos vimos una serie de traumáticas fotografías mostrando el cuerpo caído de Monseñor Romero mientras las monjas le atendían, sus rostros marcados por la pena.

    Marcó que el Arzobispo Oscar Romero en vida fue un símbolo de esperanza e inspiración, Monseñor fue la figura más prominente y resoluta a hablar en la lucha por los derechos humanos en El Salvador. El era la persona que podía hablar con todas las facciones de la sociedad salvadoreña y crear dialogo. Por estas razones, Monseñor Romero era visto como una amenaza. Ya que no se ha asentado responsabilidad criminal alguna por su asesinato, este se ha convertido en el símbolo paradigmático de la impunidad. Uno de los goles del presente caso es eliminar este aspecto de su legado.

    El Sr. Van Aelstyn apuntó que la mayor tarea del juez en este case es determinar la cantidad apropiada para daños y perjuicios a ser establecida. Anotó que la perdida de Monseñor no puede ser comprendida sin entender su vida y el impacto de su muerte en El Salvador y el resto del mundo. Van Aelstyn enumeró los siguientes factores legales relevantes: la brutalidad del acto; la atrocidad de la conducta del defendido; la falta de remedio criminal; y la extensa condena internacional del acto. Además, y de manera muy importante, los jueces son aquellos que cuantifican los daños para de esta forma prevenir que otros comentan actos similares y que reparen le dañó causado al demandante, su país y el mundo.

    El Sr. Van Aelstyn enfatizó los numerosos goles que servia este caso. El case romperá la impunidad que ha rodeado este infame crimen. Tendrá un efecto disuasivo en todos aquellos que piensan venir a Estados Unidos, y enviara un mensaje a los violadores de derechos humanos que no pueden retirarse en Estados Unidos sin miedo a ser perseguidos. Es sin duda que este caso puede ayudar al posible descubrimiento del paradero de Saravia y su eventual arresto y deportación. El caso contribuye al movimiento mundial contra la impunidad, y ayudara a establecer la verdad de lo que ocurrió y quien carga con la responsabilidad. El caso representa el canalizar la venganza hacia el camino de la ley.

    Padre William Wipfler

    El Sr. Van Aelstyn llamó al primer testigo, Padre William Wipfler, sacerdote episcopal, quien fue Director de la Oficina de Derechos Humanos del Concilio Nacional de Iglesias entre 1977-1988. Debido a la creciente preocupación por los abusos del ejercito salvadoreño, y la asistencia militar de Estados Unidos, el ayudó a organizar una delegación ecuménica para visitar El Salvador en Marzo de 1980. La delegación incluía representantes de la Conferencia de Obispos Católicos de EEUU y el Comité de Servicio de Amigos de América además del Concilio Nacional, en si mismo un conjunto de 34 iglesias Protestantes y Ortodoxas.

    El 22 de Marzo, el Padre Wipfler se reunió con el Arzobispo Romero y miembros de su oficina. Durante esta audiencia privada, Monseñor Romero expresó su tremenda preocupación sobre el nivel de violencia política aconteciendo en El Salvador. Especialmente hacia nota de la exorbitante represión ejercida por las fuerzas de seguridad que estaba creando ataques de retaliación violentos por parte de la izquierda. En esa reunión, el Arzobispo le invitó a el y otros miembros de la delegación a participar en la misa del domingo. Fue un gran honor. En la misa del domingo 23 de marzo, 1980, la Basílica estaba abarrotada de gente, y un micrófono llevaba la misa a las personas que se hallaban fuera de la iglesia en gran número. Escuchamos una cinta de la homilía que el Arzobispo oficio ese día en la sala. La homilía concluye con las palabras que todavía resuenan en la historia: “Pido a los miembros del ejercito: Hermanos, venís de nuestro pueblo… Ningún soldado esta obligado a obedecer una ley contraria a la ley de Dios. …Os imploro, os suplico, os ordeno, en el nombre de Dios cese la represión!”

    El Padre Wipfler contó como, al final de la celebración, el Arzobispo Romero personalmente ofreció la comunión a todo aquel que deseara tomarla. El Padre Wipfler estaba movido por el hecho de que el fue la ultima persona que recibió la comunión de mano de Monseñor Romero.

    El 24 de marzo, 1980 el Padre Wipfler y otros delegados conducían su investigación sobre los derechos humanos en la oficina la Comisión Salvadoreña de Derechos Humanos no gubernamental. Allí, recibió una llamada informándole que el Arzobispo había sido disparado. El y otros se apresuraron al hospital. Desde allí, fueron a la embajada de Estados Unidos. Al día siguiente, el Padre Wipfler atendió la llamada. Miles de salvadoreños pasaron frente al cuerpo. El derrame de consternación y pena era inmenso.

    El Padre Wipfler relato que conoció a muchas personas maravillosas, y valientes en El Salvador que trabajaban combatiendo los abusos a los derechos humanos en El Salvador, incluidos muchos que trabajaban dentro de la iglesia. Fue una gran tragedia que tantos de esas personas fueran ellas mismas victimas de abusos de los derechos humanos. Entre estas personas con corage estaban dos monjas estadounidenses, Maura Clarke y Dorothy Kazel, a quienes el Padre Wipfler conoció en un refugio establecido por la Archidiócesis para personas desplazadas. En diciembre, también a ellas las habían asesinado.

    En los meses y años que siguieron, el Padre Wippfler viajó a más de 40 países. En todo lugar, Monseñor Romero era visto con reverencia como la voz de aquello sin voz propia, como el portavoz para los pisoteados. Sus homilías eran citadas; todo el mundo hablaba de el. Un musulmán palestino hizo una particular impresión. Dijo que el Arzobispo Romero había sido una gran inspiración. De el aprendió que la mayor arma de la justicia es la verdad.

    El Padre Wipfler dio su opinión que la impunidad no solo es la ausencia de justicia, sino que es a su vez un pecado y una terrible inmoralidad. La facilidad con que los perpetradores se perdonan a si mismos es una abominación. Este juicio es un paso más en la búsqueda de justicia la cual debe ser llevada hacia delante. No importa que hayan pasado 24 años. Como enfatizó el Padre Wipfler,”La justicia debe ser prestar servicio y la corte puede servir a la justicia.”

    Amado Antonio Garay – Conductor de Saravia

    Tras el descanso de la comida, Amado Antonio Garay tomó la silla de testigo. Había gran anticipación en la sala dado que el era el testigo cuya identidad había sido guardada en secreto. Garay testificó que el había nacido en un pueblo de El Salvador, de joven atendió el seminario por corto tiempo porque, como el testificó,”Mi sueño era ser sacerdote, …para ayudare a la gente que realmente lo necesita”

    Garay fue reclutado para trabajar como conductor de Saravia por dos miembros de la Policía Nacional, Nelson Morales y Nelson Garcia. A menudo se quedaba en casa de Saravia porque el necesitaba que a veces Garay estuviera disponible a extrañas horas. En alguna ocasión, Garay condujo a Morales, Garcia, y otros hombres armados a asesinar personas. A veces condujo a Roberto D’Aubuisson. En una ocasión D’Aubuisson dio a Garay su pistola mientras el abandonaba el automóvil para atender una reunión. Saravia solía decir que “la gente de la iglesia son el peor enemigo.”

    El día del asesinato, al anochecer, Garay recogió a Saravia en su casa y condujo a una casa con una puerta a la entrada en un barrio de clase alta con dos distintivos Marañones Japoneses. Saravia salio de la casa con un hombre. Garay no le había visto con anterioridad. El hombre tenia barba y hablaba español sin acento, como cualquier salvadoreño. Garay vio que el hombre llevaba un rifle largo con lente telescópica. Saravia le dijo a Garay que condujera un Volkswagen rojo con el hombre como su pasajero en el asiento trasero. Saravia le dijo a Garay que siguiera las instrucciones del desconocido hacia donde iban. El desconocido le dio instrucciones de adonde ir. Un vehículo le siguió para su protección.

    Llegaron a una iglesia. El francotirador dijo,”No puedo creer que vaya a matar a un sacerdote.” Garay siguió las instrucciones y condujo a la puerta de la iglesia, de manera que ambos el y el francotirador estuvieran en la puerta del coche mas cercana a la puerta. Garay miro la iglesia. Vio gente celebrando misa, arrodillados o sentados en los bancos, y en el altar vio a un sacerdote. Garay oyó hablar al sacerdote. El francotirador dijo.”Intenta aparentar que estas arreglando algo en el automóvil.” Así que Garay pretendió trabajar en algo. Garay oyó un disparo, y entonces gritos. El asesino dijo,”Tranquilo, relájate, conduce despacio hacia la salido … Da la vuelta despacio y vamonos de aquí.”

    Condujo a través del verja y siguió conduciendo. No estaba familiarizado con el área y se perdió durante una hora o mas. Había un walkie-talkie en el vehículo, y alguien desde el otro automóvil les guió hasta que eventualmente volvieron a la casa con los Marañones Japoneses. Paso por la verja y el asesino salió del coche. Saravia estaba esperándoles. Saravia dijo,”Le has matado. Lo escuché en la radio.”

    Entonces Saravia, Garay, Y Nelson Morales fueron a la casa de Saravia. Mas tarde, Garay llevó a Saravia a una reunión en una casa en San Salvador. Entraron por una verja y condujeron a lo largo de una entrada de coches muy larga hasta que llegaron a un edificio. Roberto D’Aubuisson se encontraba allí. Saravia se acercó a D’Aubuisson y dijo,”Mision completa.”

    En otra ocasión, Garay estaba llevando a Saravia cuando vieron un Volkswagen en un aparcamiento. Saravia dijo que ese era el vehículo que había usado para el asesinato.

    Garay testificó que unos meses tras el asesinato condujo a D’Aubuisson a una finca en el campo. Mas tarde supo que era llamada Finca San Luis. En algún momento, dos camiones y varios jeeps con soldados aparecieron, rodearon el lugar, y capturaron a todo el mundo. Los pusieron a todos – unas 25 personas – en un camión. Nadie disparo un solo disparo. El ejercito los llevo a las barracas de San Carlos, donde estuvieron retenidos alrededor de una semana y después dejados en libertad.

    Obispo Thomas Gumbleton de Detroit

    El Obispo Gumbleton ha sido una figura líder por la paz y el desarme en Estados Unidos y ha hablado y escrito ampliamente sobre el Arzobispo Romero. Fundo Pax Christ en 1972 y fue su presidente hasta 1991. Es co-autor de la Carta Pastoral de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos en 1983,”El desafío de la Paz.”

    El Obispo Gumbleton testificó sobre el impacto que la vida y muerte del Arzobispo Romero tuvieron en el pueblo salvadoreño así como en su propia vida y trabajo. Testificó que, aunque el no conoció al Arzobispo Romero personalmente, fue fuente de inspiración y transformó su vida: el fue una “gran influencia en mi forma de pensar. Me convertí en un firme defensor de la no violencia, el amor y desarrollo espiritual.”

    Recordando una entrevista que Monseñor dio dos semanas antes de su asesinato, el Obispo Gumbleton dijo que el frecuentemente citaba las homilías de Monseñor en sus propias enseñanzas, especialmente en su trabajo con la juventud urbana.

    Dijo que,”las enseñanzas de Monseñor Romero eran claramente unas enseñanzas de cómo vencer la opresión, la injusticia y la violencia”. Monseñor dijo que la Iglesia debía ser una Iglesia de los pobres.”Que significa ser pobre en El Salvador? Significa desaparecer, ser torturado y asesinado.” Monseñor habló en sus misas contra la violencia perpetrada por el ejército, y no tenía miedo de continuar sus críticas, a pesar de las amenazas contra su vida. El afirmaba:

    No creo en la muerte sin resurrección, así que si soy asesinado, me levantaré de nuevo, y resucitaré en el pueblo salvadoreño … Como un pastor, estoy obligado a dar mi vida por aquellos a los que amo, incluidos aquello que me maten. Si soy asesinado, decirles a los asesinos que los perdono y que los bendigo.

    El Obispo Gumbleton conoció a Sor Dorothy Kazel en el verano de 1980 y se correspondió con ella a menudo durante lo que resultaron ser los últimos meses de su vida. Ella, junto con Jeane Donovan, Maura Clarke, y Ita Ford fueron asesinadas por el ejército salvadoreño en diciembre de ese año. El Obispo Gumbleton testificó que el asesinato fue un intento de enviar el mensaje de que si podían asesinar a Monseñor Romero impunemente, entonces cualquiera podía ser asesinado.

    El Obispo fue a El Salvador a mediados de la década de los ochenta y observó “una escalada continua de la violencia.” En una instancia, el fue retenido en un bloqueo de carretera y los soldados le impidieron continuar adelante. Esta era una violación directa de la ley de los Estados Unidos que prohíbe a soldados estadounidenses armados el asumir un papel diferente al de consejeros en El Salvador.

    Cuando le preguntaron si el trabajo de Monseñor Romero había sido continuado por otro, el Obispo Gumbleton respondió:”No hubo una sola persona que pudiera ocupar su lugar …el era la voz de aquellos sin voz – ninguna otra persona tenía esa voz.” Ni siquiera siete personas podrían reemplazar a Monseñor Romero; ni seis sacerdotes Jesuitas en la UCA ni el nuevo pero no confirmado Arzobispo de San Salvador fueron capaces de llenar el vacío creado con la muerte de Romero. Sin Monseñor, el pueblo de El Salvador se quedó sin voz.

    Cuando le preguntaron por el duradero legado impacto teológico, Gumbleton dijo que Romero “Ayudó a dar a lo ensenado una realidad …Los goces y esperanzas, penas y ansiedades de los pobres, beberían ser los goces y esperanzas, las penas y las ansiedades de la Iglesia.” Estas no eran solo palabras, sino el modo en que vivió su vida.

     
    25 de Agosto

    Embajador Robert White y Juez Atilio Amaya

    El embajador White

    El embajador White testificó a través de deposición grabada. White estuvo asignado como embajador en El Salvador de marzo de 1980 a marzo de 1981. En estos momentos es Presidente del Centro de Política Internacional en Washington D.C. Testificó que durante el periodo del asesinato del Arzobispo Oscar Romero, el y su personal de la embajada, incluido el personal de inteligencia, monitoreaban atentamente los acontecimientos en El Salvador.

    El embajador White testificó que el Arzobispo Romero fue el líder más importante que denunció las violaciones de los derechos humanos en El Salvador y probablemente en toda Centro América durante el periodo inmediatamente anterior a su asesinato. Informó que el Arzobispo era “la voz de los sin voz” por que usaba el pulpito y la estación de radio para comunicar “los deseos de los pobres en lo que algunos consideraban elocuencia responsable (pero) los ricos consideraban temerario.”

    El embajador White atestó que la embajada recibía informes semanales llamados “Grim Gram” (“gramo feroz”) por que la situación en El Salvador estaba tan repleta de violencia represiva. El era consciente de que jóvenes estaban siendo acorralados y ejecutados sumariamente. Afirmó que los escuadrones de la muerte estaban primordialmente operados por el ejército.

    El embajador afirmó que recibió noticia del asesinato del Arzobispo Romero mientras se encontraba reunido con un pequeño grupo que incluía a miembros del ejército salvadoreño. Observó la conmoción y tristeza en algunos de los presentes, pero también observó que aquellos pertenecientes al ejército no mostraban señales de sorpresa o agravio. Esto llevó al embajador a la conjetura de que ellos ya habían sido informados de ante mano que el asesinato iba a ser ejecutado.

    El embajador identificó un informe de un oficial político de Estados Unidos que citaba una fuente que afirmaba haber participado en una reunión en la cual el asesinato del Arzobispo fue planeado. De acuerdo con esta fuente, la reunión fue liderada por el Mayor D’Aubuisson. El embajador White testificó creer firmemente en la veracidad del informe. Aserto que, “no me duda que Roberto D’Aubuisson fueran el hombre responsable de planear y ejecutar el asesinato del Arzobispo Romero. Me parece un hecho.”

    El embajador White testificó que se encontró con ambos Roberto D’Aubuisson y el demandado, Álvaro Saravia en varias ocasiones, y que Saravia era “uno de los principales lugartenientes de D’Aubuisson.” El embajador afirmó en su testimonio que obtuvo un diario perteneciente a Saravia que contenía un plan escrito el cual el, y varios expertos de su embajada, concluyeron que tenia que referirse al asesinato de Monseñor. El diario fue entregado al embajador por el coronel Majano, el único miembro del ejército reformista de la junta de gobierno. El diario se encontró durante una redada de la finca San Luís en mayo de 1980 por sospechas de que estaban planeando un posible golpe de estado entre otros D’Aubuisson and Saravia. El embajador White afirmó que cuando Saravia fue arrestado durante esta redada, estaba intentando comerse las paginas de su libreta por la preocupación de su contenido podía llevar a su convicción. En la libreta, bajo el titulo, “Operación Pina” estaba una lista de equipo típicamente usada por un francotirador, incluido un rifle. Lo escrito también incluía una recolección meticulosa de los dineros gastados en la “operación”. El embajador llamó esta recolección como las líneas generales del plan para asesinar a Romero.

    Robert White afirmó que el Departamento de Estado de Estados Unidos tenía cantidad significativa de evidencia que enlazaban a superiores del comando del ejercito salvadoreño con D’Aubuisson y su “clan.” Afirmó, “yo no tengo duda alguna que el (alto mando) tuviera conocimiento absoluto que D’Aubuisson estaba operando escuadrones de la muerte. No me cabe duda alguna que ellos los aprobaron y protegieron.” También afirmó su firme creencia de que el alto mando estaba involucrado en decisiones que tenían que ver con quien serian el punto de mira de los escuadrones de la muerte.

    El embajador White se reunió con Monseñor Romero unos pocos días antes del asesinato de este y estuvo presente cuando el Arzobispo Romero pronunció su intensa homilía el 23 de marzo en la cual llama a los soldados a parar las muertes y les implora desobedezcan ordenes. Esto provocó furia y conmoción, de acuerdo con el embajador, que “sirvió como una … razón fundamental para … que el ejercito se uniera y dijera,’Si, tenemos que deshacernos de este hombre,’ y también sirvió como razón fundamental para que los ricos financiaran a D’Aubuisson y su grupo.” Afirmó que los otros eran conocedores de que el asesinato del Arzobispo Romero fue conducido “con la esperanza de provocar una reacción en masa que justificara un ataque que incluyera matanzas a gran escala.”

    El embajador White explicó, “Aquellos que mataron al Arzobispo Romero sabían perfectamente bien lo que estaban haciendo y lo que iban a conseguir con ello. Destruyeron a la única figura en El Salvador que podía servir de puente, como interprete creativo, entre todas las diferente facciones.” Informó que la liquidación del Arzobispo violentamente enviaba una fuerte señal de que no habría diálogo y que los ricos de El Salvador y el ejército no tolerarían un movimiento hacia cambios democráticos. Testificó:

    También tengo que decir que el fracaso del ejercito de El Salvador de arrestar, y mantener bajo arresto, a Roberto D’Aubuisson y Álvaro Saravia y sus conspiradores, su fracaso en llevarlos frente a la justicia y condenarles y ponerles en prisión fue otra lección para el pueblo salvadoreño de que la impunidad en El Salvador estaba viva y bien, que no había posibilidad de obtener justicia del sistema. Y, que por ello, el [asesinato del] Arzobispo no solo [….] reforzaba la imagen de un ejercito que era su propia ley en si mismo, sino que servia para reclutar revolucionarios, por que si se puede matar a un Arzobispo, sabes que puedes matar a cualquiera. Nadie es sagrado.

    El embajador White testificó que no hubo esfuerzos en El Salvador para llevar a los asesinos del Arzobispo Romero ante la justicia. Los jueces de la Corte Suprema, como el recuerda, hicieron un esfuerzo extra para proteger a los grupos acusados del asesinato. De acuerdo con el embajador White, la justicia aún es débil en El Salvador. Dijo que no se había progresado hacia ninguna medida de justicia o responsabilidad por los crímenes del pasado. Afirmó que, “veo que la impunidad y el poder económico en las manos de unos pocos aún rigen El Salvador.”

    El embajador puso énfasis en la gran importancia de hacer responsables a aquellos responsables por el asesinato del Arzobispo Romero ante la justicia en Estados Unidos. Esto seria ambas cosas, un ejemplo de que una sociedad democrática se obtiene por medio de la justicia, y también una reparación porque, como dijo el embajador White, “de muchas maneras incitamos la violencia e hicimos muy poco por pararla.”

    Juez Atilio Amaya

    El juez Atilio Amaya testificó sobre su participación en la investigación del asesinato del Arzobispo Romero y la disponibilidad de remediar judicialmente las violaciones a los derechos humanos en El Salvador. El juez Amaya dijo al juez y a la audiencia congregada en la corte sobre la manera en que la Policía Nacional desbarató la investigación, atentó contra su vida y le forzó a abandonar el país por diez años. Le dijo al juez Wagner que los asesinos de Monseñor Romero aun gozaban de impunidad en El Salvador. A través de su testimonio, el grupo legal representando al demandante demostró la falta de posibilidad de llevar una demanda civil o proceso criminal a cabo contra los asesinos del Arzobispo Romero en El Salvador.

    El juez Amaya se licenció en la Universidad de Santiago de Compostela en España, la Universidad de El Salvador, la Universidad de Nicaragua en Managua, y recibió sus Masteres del Instituto Derecho Procesal Penal en México. Sirvió como Juez de Paz en San Salvador, fue Juez Cuarto de lo Penal en San Salvador y Magistrado de la Corte Suprema de El Salvador. El juez Amaya fue Juez Cuarto de lo Penal de 1979 a marzo 27 de 1980.

    El testimonio del juez Amaya también explicó el proceso de investigación de crímenes y el papel significativo que jugaban los jueces en la investigación criminal. En aquel entonces, los jueces participaban en las etapas más iniciales de investigación de crímenes violentos. Normalmente, la policía aseguraría la escena del crimen, recogería evidencia y tomaría fotos y testimonio de los testigos. La policía no esta autorizada a remover evidencia de la escena del crimen, y entregan toda evidencia al juez instructor. La única agencia policial investigando crímenes en San Salvador era la Policía Nacional. La Policía Nacional trabajaba a nivel nacional, operando bajo la jurisdicción del Ministerio de Defensa.

    En 1980, existían fiscales, pero ellos no tenían un rol decisivo en las investigaciones. En algunos casos, los Jueces de Paz estaban a cargo de la investigación. Sin embargo, en un caso de alta importancia, como el asesinato de un presidente o ministro o el asesinato del Arzobispo Romero, los Jueces de lo Cuarto de lo Penal asumirían la responsabilidad de la investigación.”Fui por que me obligaba la ley a ir, por que Monseñor era una persona de alto rango.”

    El juez Amaya testificó sobre el día y los días que siguieron al asesinato de Monseñor Romero, su propia participación en la investigación, y la manera en que la Policía Nacional fracasó en conducir su parte de la investigación que les correspondía.

    El 24 de marzo de 1980 a las 6:30 de la tarde, se encontraba el en la Universidad Nacional, cuando la Policía Nacional vino y disparó ráfagas de balas en el campus. Estos tiroteos eran comunes, y ocurrían durante protestas con la intención de disuadir a aquellos congregados. Tras el tiroteo, la gente comenzó a dispersarse, en ese momento escuchó a alguien gritar,”Han asesinado a Monseñor.” Así es como se enteo de la muerte del Arzobispo Romero.

    El juez Amaya entró entonces a discutir la manera en que la Policía Nacional se burló de los procesos normales de investigación. No llegaron a asegurar la escena del crimen como habitualmente hubieran hecho; no tomaron huellas digitales o los nombres de los testigos; y no dieron seguridad para proceder con la autopsia. La policía debería haber rodeado el cadáver donde estaba siendo mantenido para preservar y evitar cualquier alteración de la evidencia forense. En el caso de Monseñor Romero, casi cien personas rodearon el cuerpo. Lo que es mas, su cuerpo no fue llevado a la clínica forense, donde normalmente se llevan los cuerpos. En su lugar, Romero fue llevado al hospital. El juez Amaya fue de la clínica al hospital. Para cuando llego para comenzar con su investigación, habían empezado ya con la autopsia.

    Se presentó en ese momento una foto a la sala, mostrando el cuerpo de Romero, rodeado por unas cien personas, incluido el medico forense Florentin Meléndez, uno de los abogados de la Archidiócesis de Socorro Jurídico y otros.

    El juez Amaya continúo:’La policía no estaba presente. Deberían haber estado ahí por razones de seguridad. Cuando llegué le pedí a mi secretario que llamara a la policía por que habían demasiadas personas para trabajar. Tuve que hacer que la gente abandonara la habitación.”

    Para detectar la bala se tomaron rayos X. Tras varias tomas, se encontraron tres fragmentos de bala en el pecho. Su pecho estaba abierto. Sangre coagulada brotaba, pero los fragmentos no podían ser hallados. Tras disolver los coágulos de sangre, los fragmentos fueron finalmente encontrados. A estas alturas, le pidió a su secretario que hiciera entrar a la policía para comenzar a recoger evidencia, pero la policía todavía no había llegado.

    Los letrados del demandante admitieron en ese momento el informe de la autopsia de aquella noche como evidencia, la cual contenía su propia firma (del juez Amaya) y de los doctores que realizaron la autopsia. El informe reveló que la causa de la muerte fue una hemorragia causada por el corte de las venas y arterias rodeando el corazón.

    Le dijo a su secretario que llamara a la policía para acompañarles a la escena del crimen – la Capilla de la Divina Providencia. Sin embargo, como la policía no se presentó, viajó a la iglesia con su secretario. Revisó la iglesia en busca de evidencia, especialmente casquillos de bala, pero no encontró ninguno. Ya que la policía nunca llegó, el juez se quedó con los rayos X y los fragmentos de bala encontrados en la autopsia, lo cual como el apuntó era algo extraordinariamente irregular.

    Cuando fue a trabajar al día siguiente, le dijo de nuevo a su secretario que llamara a la policía para así poder decidir en como coordinar de manera eficiente la investigación. La policía le pidió que mandaran la evidencia que habían recogido. El rehusó mandar la evidencia, pero habló con el técnico de la policía. Disgustado con la negativa de Amaya, le preguntó:” ¿No se fía usted de la policía? a lo que Amaya contestó:”Por supuesto que no confío en la policía.” El juez Amaya continuó para decir que si querían conducir una investigación, tendrían que llevar su equipo al juzgado y efectuar el análisis en su presencia.

    El día después del asesinato, el Coronel Majano anunció en una conferencia de prensa televisada que los asesinos de Monseñor romero serian inmediatamente identificados por la INTERPOL, y los nombres enviados al Juzgado Cuarto de lo Penal, al juez Amaya, para su enjuiciamiento inmediato. Amaya se encontraba en casa durante esta retransmisión. Casi inmediatamente después, recibió la primera amenaza de muerte. Durante el curso de los días siguientes, recibió numerosas amenazas de muerte. En una ocasión, su hija de doce años contestó el teléfono. La voz le preguntó:” ¿Cuál es tu color favorito? Pues ese es el color que pintaremos el ataúd donde pondremos a tu papa.”

    Amaya en ese momento comenzó a relatar en su testimonio sobre los atentados sufridos contra su vida. En la noche del 27 de marzo, justo días después del asesinato, tocaron a la puerta de su residencia. Su empleada abrió la puerta. Dos hombres jóvenes hicieron su entrada, uno llevaba un maletín. Mirando por detrás de la puerta del dormitorio mientras sostenía un rifle, observó a los hombres. Como no los reconoció, les dijo se sentaran. En su lugar, ellos sacaron un arma automática del maletín. Asustada, la empleada corrió hacia el. Apuntándola para matar, le dispararon en la espalda y cayó inmediatamente al suelo.

    Los hombres salieron corriendo de la casa, disparando ráfagas a su vehículo mientras corrían. Momentos después, oyó pasos en el tejado. Donde quiera que escuchara pasos disparaba al tejado. Tiró un colchón sobre su hija y le dio un arma a su esposa para que disparara en dirección de donde provenían los ruidos. Eventualmente, los pasos cesaron, y tras diez minutos de silencio absoluto, sonó el teléfono. Amaya contestó y reconoció la voz de un conocido de la Policía Nacional, quien conocía desde la infancia. Le dijo, “Doctor, ¿esta usted vivo? y entices continuó. “No se preocupe, tal vez solo querían asustarle.” Poco después, llegaron amigos y familiares. El vigilante de noche de su colonia le informó que dos coches marcados de policía estaban aparcados fuera de la entrada principal y no se movieron durante el tiroteo. El novio de una vecina, quien acababa de ser testigo del ataque, le dijo que eran de hecho tres hombres los que participaron en el atentado: los hombres que entraron en la casa más otro que permaneció en el vehículo. Reconoció a hombre como miembro de la Policía Nacional, ya que el era miembro de esta también.

    Amaya procedió a testificar que “El atentado contra mi vida no fue nunca investigado por nadie, por ningún juez…. Dos detectives se presentaron. Tras preguntar lo que había ocurrido, dijeron, “Estos tipos eran amateurs. No se preocupe, si hubiéramos venido, todo se hubiese resuelto en cinco minutos.” Ese fue el alcance de su investigación. “Tras esta experiencia, Amaya dijo a su esposa, “Tenemos que salir del país, o me van a matar.” Escapo en barca a Nicaragua para no regresar en casi diez años.

    El juez Wagner procedió a preguntar al juez Amaya los requisitos legales necesarios para una demanda civil por muerte intencionada o negligente en aquellos tiempos, y si el pensaba que era posible el procesar civil o criminalmente a los implicados en el asesinato de Monseñor Romero.

    El juez Amaya dijo que una acción civil por muerte intencionada o negligente no era posible entonces y no es posible ahora sin primero obtener una sentencia condenatoria criminal contra el acusado. Sin embargo, ya que nadie se atrevió, ni entonces ni ahora, a llevar el caso contra aquellos involucrados por la vía penal por el asesinato de Monseñor Romero, ninguna causa civil podía llevarse a cabo.

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    26 de Agosto

    Padre Cortina y Maria Julia Hernández

    Padre Cortina
    El Padre Cortina es sacerdote jesuita y el director de Pro Búsqueda, una organización dedicada a ayudar a reunir a familias separadas por la guerra civil salvadoreña, especialmente aquellos niños secuestrados y dados en adopción, usualmente por dinero. Vive el Padre en la residencia de la Universidad Centro Americana (UCA) en San Salvador, bajo la dirección de los jesuitas. Nació en Bilbao, España y fue mandado por los jesuitas a El Salvador en 1955. Es licenciado en filosofía, humanidades e ingeniería. Ayudó a comunidades pobres y necesitadas a construir puentes y urbanizaciones de casas.

    Los sacerdotes jesuitas hubieron de abandonar el país en el periodo de un mes. El Padre Cortina testificó que “ello nos dijeron que seriamos objetivos militares, nuestra casa seria un objetivo militar, y para asustar a aquellos que pudieran darnos refugio, ellos dijeron que las casas de aquellos que nos refugiaran también serían objetivos militares.” Cuando el juez le preguntó a quien se refería con “ellos”, el contestó: “Los escuadrones de la muerte, la Unión de Guerreros Blancos.” En aquel entonces había un total de 25 jesuitas en El Salvador. Las cartas con amenazas les avisaban que salieran del país en un mes o les matarían. Los jesuitas se reunieron en conferencia y todos menos uno de los veinticinco jesuitas decidieron quedarse.

    Jon Cortina rememoró que la primera vez que conoció a Oscar Romero y fue el 9 de marzo de 1977, dos semanas tras haber sido ordenado Arzobispo de El Salvador. El clero y las eclesiásticas habían sido llamados a discutir la persecución de miembros de la iglesia. El Padre Rutilio Grande también atendió a esta reunión, y fue uno de los primeros defensores de la teología de la liberación en El Salvador. Le dijo el Padre Grande al Arzobispo Romero, “Monseñor tengo muchas ovejas que viven arriba en las colinas. Las mandé a las colinas para que estuvieran a salvo, así es que si usted dice que no hay persecución, las voy a llamar al valle.” Romero dijo,”Bueno no, no es mejor que se queden en las colinas, que se mantengan escondidas todavía.” En estos términos Monseñor Romero admitió la persecución existía.

    El Padre Cortina trabajó en Aguijares, la misma comunidad que el Padre Grande. Había varias haciendas grandes en la zona, pero todos los habitantes de Aguilares alrededores rurales eran extremadamente pobres. Los salarios eran bajos, y cuando los campesinos trataron de organizarse para pedir mejores condiciones sufrían represiones violentas. El Padre Grande ayudó a los campesinos a revitalizar FECAS, la Federación Cristiana de Campesinos. ORDEN, la organización paramilitar que trabajaba con el gobierno y las fuerzas de seguridad, respondió con una persecución brutal. El 12 de Marzo de 1977, el Padre Grande fue asesinado. Tras este hecho, el Padre Cortina y otros trabajando con la iglesia tuvieron que dormir en los campos por miedo a dormir en sus casas dado el peligro que corrían.

    Hasta la muerte del Padre Grande, Monseñor Romero había sido considerado moderado y conservador. Pero tras la muerte de Rutilio Grande, así como lo puso el Padre Cortina,” [Tal vez] el Espíritu Santo tenia otros planes [para con Romero], y Romero se convirtió en un hombre extraordinario.” Rutilio Grande y Oscar Romero habían sido buenos amigos; Grande había sido el maestro de ceremonias en la ordenación episcopal de Romero. Monseñor sabía que Rutilio no era comunista, de lo que le acusaban los más extremistas. El asesinato de Rutilio Grande le hizo preguntarse a Monseñor Romero cuantos sacerdotes habían sido falsamente así acusados. Romero comenzó a investigar. Estableció una Oficina de Derechos Humanos en la Archidiócesis, y comenzó a visitar con regularidad las parroquias rurales para entender mejor la violencia y las experiencias de los campesinos.

    Monseñor Romero aprendió mucho del pueblo. En cierta forma le evangelizaron. Como apuntó el Padre Cortina, “Creo que eso fue lo que le impactó: el ejemplo, las enseñanzas, la vida, la fe, la esperanza del pobre, eso es lo que cambió a Oscar Romero.” Monseñor estuvo en Aguilares la semana antes de su asesinato para celebrar una misa por el alma del Padre Grande. El Padre Cortina apuntó que, “para los pobres [Romero] era un santo, y realmente lo era, para cada uno de nosotros que le conocía, era un santo.” El Padre contó que las homilías de Monseñor Romero “eran una clase de teología para mi, porque tomaba la idea principal del Evangelio y la daba vida…. Todo el mundo en El Salvador escuchaba sus homilías.” El Padre Cortina ilustró este punto con una anécdota. Un día estaba parado en un semáforo en su vehículo, escuchando la homilía del Arzobispo por la radio. Un coche de policía se le acercó, e instintivamente apagó la radio para evitarse problemas. Cuando la policía se paro a su lado, pudo escuchar que ellos también tenían la radio puesta y estaban escuchando la homilía.

    El Padre Cortina dio énfasis a la dedicación que ponía Monseñor Romero en su pueblo. El Padre recordaba la primera vez que los campesinos ocuparon la iglesia. El Padre Cortina y tres monjas se dirigieron al Arzobispo para ver que pensaba el debían hacer, mantenerse alejados de la iglesia o estar con el pueblo. Monseñor Romero les contestó, “yo creo que lo mas cristiano es acompañar al pueblo.” Con lo que el Padre Cortina se volvió a Aguilares a estar con su pueblo.

    Aun mas, Monseñor Romero rechazó las riquezas que acompañaban su posición porque no quería tener los que no tuviera su pueblo. A medida que incrementaban las amenazas contra su vida, le fueron ofrecidos guardias de seguridad y chalecos antibalas. El Padre Cortina recuerda la contestación de Monseñor “Mientras mi pueblo no tenga seguridad, tampoco yo puedo tenerla. Si mi pueblo esta en peligro, quiero vivir como mi pueblo.” Monseñor Romero rehusó la oferta de construirle un palacio residencial y vivió en su lugar en una casita en un hospital para enfermos muriendo de cáncer, el mismo hospital en cuya capilla fue asesinado.

    Cuando le preguntaron si el Arzobispo Romero era político, Cortina contestó, “Todos nosotros cuando hablamos, ya digamos A o B, en nuestro discurso existe el componente político.” El Padre acusó al gobierno de llevar a cabo injusticias pero también criticó a organizaciones populares “cuando fueron demasiado lejos con sus ideas”. Pero en el caso de Monseñor, esto fue porque “era una persona ética, no política … Decir la verdad duele y el decía las verdades. Eso es lo que decían los campesinos, decía las verdades sin mas…”

    El Padre Cortina describió la humildad de Monseñor Romero. Por ejemplo, aunque inicialmente criticó al padre Jon Sobrino, uno de los líderes en la teoría de la teología de la liberación en El Salvador por “presentar a Jesús en demasía como a un hombre,”, Monseñor mas tarde le pidió disculpas por sus críticas a su teología.

    El Padre Cortina pasó a describir como se enteró del asesinato de Monseñor Romero. Se encontraba en la Universidad cuando sonó el teléfono. “Algo espantoso ha sucedido” le dijo el Padre Sobrino. “Ven rápido”. El Padre Cortina describió como se sintió cuando averiguó que Monseñor había sido asesinado:”Te quedas de pronto como si no supieras nada, sin ver nada, sin sentir nada, te sientes como si estuvieras en un vacío.” Así como habían testificado otros durante el juicio, el Padre Cortina afirmó, “Si podían hacerle esto a el, se lo podrían hacer a cualquiera,” Le preocupó el que pudiera haber mas asesinatos y que no hubiese nadie para ocuparse del pueblo; que la iglesia se tambaleara.

    El Padre Cortina averiguó tempranamente que había estado en la capilla un fotógrafo que inmediatamente había comenzado a tomar fotos. De hecho, de manera inicial el fotógrafo había sido sospechoso de haber cometido el asesinato y se le había retenido prisionero por algunos pacientes del hospital. Como el Padre Cortina contaba con algo de experiencia en fotografía, fue a la capilla a examinar las cámaras que le habían sido confiscadas al fotógrafo. Pudo determinar que las cámaras no habían usadas de ninguna manera en el asesinato de Monseñor Romero. De ahí fue con el fotógrafo a las oficinas del periódico, Diario de Hoy, donde trabajó con el fotógrafo revelando las fotos. Muchas de las tomas, incluidas unas dramáticas y dolorosas imágenes del cuerpo caído de Monseñor Romero y las caras angustiadas de las monjas que lo atendían, se mostraron en la sala de la corte.

    Más de 100,000 personas asistieron al funeral de Monseñor Romero en la plaza de la Catedral y el Palacio Nacional. El Padre Cortina identificó una fotografía de aquella concurrencia. Pasó entonces a describir que hubo bombas que se lanzaron desde donde esta situado el Palacio Nacional y que algunas personas fueron pisoteadas y así encontraron la muerte mientras intentaban huir. En respuesta a una pregunta del Juez Wagner, el Padre Cortina contestó que la bomba era probablemente de fabricación casera.

    El asesinato tuvo un impacto tremendo y deprimente en todo el país. Los campesinos preguntaban, “¿Quién va a decir la verdad ahora?” El cuerpo de Monseñor Romero se mantuvo expuesto seis días en la Catedral Nacional. Cada día una comunidad diferente estaba a cargo de ayudar allá. Un campesino dijo que había andado tres días para ver al Arzobispo. Le dijo al Padre Cortina “No tenga miedo de aquellos que matan el cuerpo. Continúe su trabajo.” El Padre Cortina se sintió profundamente emocionado del coraje que emanaba del pueblo.

    Maria Julia Hernández

    Maria Julia Hernández es la directora fundadora de Tutela Legal, la oficina de asistencia legal de la Archidiócesis de San Salvador, creada en marzo de 1982. Trabajó muy cerca del Arzobispo Romero durante sus tres años como Arzobispo de 1977 a 1980. Bajo el liderazgo de la Sra. Hernández, Tutela Legal ha sido una fuerza líder de derechos humanos en El Salvador y ha continuado la visión del Arzobispo Romero. Con anterioridad a la fundación de Tutela Legal, la Sra. Hernández enseñaba filosofía y derecho en la Universidad Centro Americana (UCA) en San Salvador.

    Tutela Legal defiende y promueve los derechos humanos en todos los sentidos – civil, político, económico, social y cultural. La oficina investiga y documenta casos de violaciones dando igual quien los cometa. Si la oficina averigua que las violaciones las cometió el ejército o los escuadrones de la muerte, presenta sus demandas a las autoridades militares. En una ocasión, su oficina puso una queja contra el FMLN en México por violación de sus obligaciones bajo el Segundo Protocolo de las Convenciones de Ginebra de 1949. Su oficina puso la queja en México porque el FMLN tenía oficina ahí, mientras que operaba clandestinamente en El Salvador.

    Además, Tutela Legal informó de sus averiguaciones a las cortes de El Salvador. Desafortunadamente, de acuerdo con la Sra. Hernández, “los jueces no hicieron nada en nuestros casos. [Ir a] la Corte Suprema tampoco funcionó. el Habeas corpus tampoco hizo nada.” La Sra. Hernández afirmó que entre 1982 y 1992, su oficina presentó 24,000 quejas de violaciones a los derechos humanos a las cortes. Todas ellas fueron documentadas. La única que fue investigada concierne al asesinato de seis sacerdotes jesuitas. El coronel Benavides fue finalmente encarcelado por este crimen, pero entonces, el 20 de marzo de 1993, antes incluso de que se publicara la ley de Amnistía, el ejercito lo dejó en libertad.

    La Sra. Hernández describió las condiciones que rodearon a la ley de Amnistía. Los Acuerdos de Paz afirmaron que los descubrimientos del informe de la Comisión de la Verdad de la O.N.U. serían usados por los tribunales para administrar justicia. Cinco días después de que el Informe de la Comisión de la Verdad fuera publicado, sin embargo, la Asamblea Nacional, con mayoría de ARENA, aprobó una ley de amnistía que protege a los violadores de crímenes cometidos durante el conflicto.

    La Sra. Hernández describió su relación de cercano trabajo con el Arzobispo Romero. A finales de los 70, mientras enseñaba filosofía en la facultad de derecho de la UCA, dedicó todo su tiempo libre a voluntariado en la oficina de Monseñor. Mientras ayudaba con trabajo de secretaría, se topó con numerosas cartas amenazándole de muerte. La que más vivamente recordaba era una escrita en letra blanca sobre fondo de papel oscuro, que venia a decir “déjalo o te matarán.”

    La mayoría de la correspondencia era de gente pidiendo las homilías del Arzobispo. Un día la Sra. Hernández pidió a Monseñor que publicara sus homilías pero el rehusó. Tras mostrarle las peticiones ella le dijo, “Monseñor, no soy yo la que le pide las homilías, el pueblo quiere sus homilías” y por primera vez le vio conmovido. Dos semanas después, accedió.

    La Sra. Hernández testificó que en 1982, cuando comenzó Tutela Legal, la oficina no tenía la capacidad de llevar el caso del asesinato de Monseñor Romero ante un juez. Con tantos casos de abusos a derechos humanos y tanta gente encarcelada, fue imposible sacar adelante un caso tan grande. Le pidió a dos abogados penalistas que tomaran el caso, pero ambos rehusaron por miedo. No se volvió a acercar a ningún otro abogado con este caso en los años que siguieron pues “ningún abogado lo aceptaría, ni siquiera hoy en día.” Lo que es más, tras ser aprobada la ley de Amnistía en marzo de 1993, hubiera sido inútil el intentarlo.

    Florentin Melendez que eran abogado de Socorro Jurídico, la Oficina de Derechos Humanos de la Archidiócesis y predecesora de Tutela Legal, intentó investigar el asesinato pero el y el director de la oficina, Roberto Cuellar, fueron amenazados de muerte. Inmediatamente después del funeral tuvieron que esconderse ambos y poco después, abandonar el país. Socorro Jurídico guardó informes sobre el asesinato de Monseñor Romero, pero dos meses después del asesinato, miembros de la Policía Nacional registraron la oficina de Socorro Jurídico y aprehendieron todos los informes.

    La Sra. Hernández puso una queja en nombre de miembros familiares del Arzobispo Romero ante la Comisión Inter-Americana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos. Finalmente en 1999, la Comisión condenó al Gobierno de El Salvador por no hacer las investigaciones debidas del crimen. Citando la conclusión de la Comisión de la Verdad que Roberto D’Aubuisson había ordenado a Álvaro Saravia organizar el asesinato, la Comisión llamó al Gobierno a investigar este crimen. El Presidente Flores de El Salvador, un miembro del partido ARENA, rehusó.

    La Sra. Hernández pasó a identificar fotografías de la escena del crimen. Describió como un fotógrafo situado a la parte trasera de la capilla tan pronto escuchó el disparo comenzó a tomar fotos. La primera fotografía tomada muestra la capilla llena de gente, pero en la segunda la capilla esta vacía. La Sra. Hernández explicó que en esos momentos todo el mundo se había echado al suelo.

    A continuación identificó varias fotografías espantosas como típicas de las ejecuciones sumariales documentadas por Tutela Legal en los años 80. Tras describir la manera en que las personas eran habitualmente asesinadas, la Sra. Hernández añadió que las violaciones escalaron tras la muerte del Arzobispo. Los años de 1980 a 1984 fueron conocidos como “los años del terror” durante los cuales cientos de personas laicas fueron asesinadas en masacres a gran escala.

    Mientras los números oficiales citan unas 85,000 víctimas del conflicto, la Sra. Hernández afirmó que el número era probablemente el doble porque la mayoría no fueron recogidos. Como el gobierno se negó a construir un monumento conmemorativo, Tutela Legal encargó la construcción de un muro conmemorando a muchos de aquellos que fueron muertos, incluido el Arzobispo Romero. Actualmente está en el parque de Cuscatlan y es un lugar para llevar flores y recordar a las víctimas.

    La Sra. Hernández apuntó que se ha establecido una Oficina de Canonización en la Archidiócesis para pedir que el Arzobispo Romero sea nombrado santo. La oficina recoge todos los informes y escritos y los mantiene en sus archivos. Antes de este juicio, la Sra. Hernández hizo numerosas copias de documentos para entregárselos al equipo legal. Apuntó que, “al evaluar las pruebas para la Canonización, el Vaticano examina tres cosas: la teología del candidato; quién lo mató t por qué; y que se dice de el. Tal vez este juicio ayude a establecer hechos que asistan en el proceso de Canonización.”

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    27 de Agosto

    Durante la mañana del cuarto día del juicio, Esther Chávez, Francisco Acosta y el Padre Walter Guerra testificaron sobre su trabajo ayudando a los pobres en El Salvador, la persecución que experimentaron sus familiares y compañeros, la influencia duradera del Arzobispo Romero en sus vidas y la de su comunidad, y el impacto de su asesinato.

    Esther Chávez

    Esther Chávez nació en San Salvador, es la mayor de ocho hermanos. Asistió el Colegio Asunción, y en 1978, trabajo allí como bibliotecaria. También estaba estudiando en la Universidad Nacional, pero, como consecuencia del cierre de la universidad, no pudo terminar su educación.

    Chávez comentó sobre los cambios en la Iglesia Católica. Cuando era joven, la misa era en latín. Tras el concilio del Vaticano II, la misa se oficiaba en español. La gente laica tuvo la oportunidad de participar e involucrarse más. También fue significativa la reunión en Medellín, en la cual la Conferencia de Obispos adoptó una declaración con relación a la teoría de la liberación.

    Chávez dijo que ella participaba en una de las comunidades cristianas bases de su vecindario. Estas comunidades nacieron en el campo y en los vecindarios pobres de las ciudades. En ellas se implementaban los cambios en la doctrina de la iglesia y se afirmaba la filosofía de Medellín.

    Dado que no había suficientes sacerdotes para todas las parroquias, la gente laica participaba directamente en la práctica y conducción de algunos de los ritos católicos. También las comunidades cristianas se dedicaban a asistir a las personas necesitadas. Como Chávez era una de las pocas personas en su vecindario con una educación, ayudaba a los miembros de la comunidad a leer documentos y escribir cartas. Una de las figures guías en este trabajo pastoral era la Hermana Inés, una monja española.

    Cuando la estación de radio católica fue bombardeada y las misas del Arzobispo Romero no podían ser transmitidas, Chávez transcribió una de ellas para ser distribuida. Mientras estaba transcribiendo la cinta, se sentía que lo estaba escuchando directamente, dijo “solo yo y el.” Sentía fuertemente el poder de sus palabras y se sintió inspirada a colaborar en cualquier manera posible.

    A la Hermana Inés la enviaron de vuelta a España; Chávez sospechaba que fue porque apoyaba las ideas de la teoría de la liberación. Chávez se quejo a la dirección de su escuela y la despidieron. Experimentó un sentido de perdida y buscó consejo en Monseñor Romero. Era muy abierto y humilde y Chávez le preguntó que debía hacer. Le contó de su trabajo con las comunidades cristianas y el le aconsejó que regresara a Morazón y le preguntara a la comunidad que necesitaban. Ella fue con su hermano, y descubrieron que muchas mujeres necesitaban una guardería. Había muchas madres solteras las cuales eran ayudadas por otras mujeres que les cuidaban a sus hijos. Así es que en enero del 1979, Chávez, su hermano y un amigo, abrieron una guardería infantil. Monseñor Romero visitó la guardería para expresar su apoyo.

    Se aprobó una ley prohibiendo reuniones, y desde ese momento, la comunidad de base no se pudo reunir en la escuela y tuvieron que hacerlo en casas de diferentes personas. Discutían los problemas de su vida cotidiana – los asesinatos, la persecución – y que deberían hacer ellos como cristianos.

    En agosto de 1980, el Movimiento Popular decidió realizar una huelga nacional. Los padres y trabajadores decidieron que no sería seguro, mantener la guardería abierta durante la huelga, así es que el edificio estaba vacío. Dos hombres se refugiaron en el edificio de la guardería mientras estaba desocupado. Estaban armados y le dispararon a un helicóptero desde el edificio. Los mataron y también mataron otros cuatro hombres en el terreno de la familia Chávez.

    Poco después, la Policía de Hacienda fue a la guardería preguntando por el dueño. El padre de Esther dijo que él era el dueño para proteger a su hija. La Policía de Hacienda le arrestó y le llevaron a su cuartel central. Querían saber donde estaba Chávez. Decían que Chávez estaba enseñando a los niños a ser guerrilleros porque estaba trabajando con Monseñor Romero. Eventualmente su padre fue liberado ya que la familia pudo pagar un abogado y conocían al Obispo Rivera y Dama quien también ayudó.

    El día en que liberaron a su padre, Chávez tuvo que dejar a sus hijos y esconderse. En octubre de 1980, escapó a Guatemala y luego a los Estados Unidos. No se quería ir, sentía que estaba traicionando a su comunidad ya que, al contrario de los demás, ella podía pagar para escapar. Finalmente logró también sacar a sus hijos. Aunque quería regresar en dos años, no pudo. Solicitó asilo pero le fue negado. Finalmente obtuvo residencia permanente.

    En los Estados Unidos, Chávez ha trabajado para poner fin a la asistencia militar estadounidense a El Salvador. Ha trabajado también para establecer relaciones entre ciudades hermanas en los Estados Unidos y El Salvador. Actualmente trabaja como organizadora comunitaria de inmigrantes para el “American Friends Service Committee”, una organización cuákera.

    En relación al impacto de Monseñor Romero en su vida personal, Chávez dijo que “fue un honor y una responsabilidad conocer a Monseñor Romero ya que el enseñaba que hay que trabajar con aquellos que no tienen una voz y que luchan contra la injusticia. Todos los años tengo una ceremonia para conmemorar su muerte. Es una responsabilidad que trato de mantener, y trato de ayudar a los necesitados y mantener su herencia viva.”

    En relación a Saravia, Chávez tiene mucho coraje que él esté en los Estados Unidos. Piensa que es una gran injusticia que la familias salvadoreñas están divididas porque no pueden obtener asilo legal en los Estados Unidos y una persona como Saravia, que ha cometido un crimen tan horrible, pueda vivir en el país.

    Dr. Francisco Acosta Arévalo

    Viernes por la mañana, el Dr. Francisco Acosta Arévalo testificó sobre la persecución sufrida por su familia, los pasos que tomó Monseñor Romero para salvar su vida y la de su hermano Jorge, y sobre la Universidad Arzobispo Romero que ayudó a fundar en honor al legado de Monseñor.

    El Dr. Acosta testificó que nació en las laderas del volcán de Guazapa, en la municipalidad de Suchitoto al norte de El Salvador. Guazapa era una comunidad pobre de campesinos y ganaderos, y su familia, con 14 hermanos y hermanas, era católica. Veintiocho haciendas, grandes granjas, en el otro lado de la colina pertenecían a unas pocas familias ricas, en su mayoría en conexión con el ejército. La vida era difícil, y Francisco tuvo que trabajar duro para comprarse su primer par de zapatos a la edad de catorce años. El Dr. Acosta fue mandado a atender el seminario católico de San Vicente. Después, su mudó a la capital San Salvador donde residió hasta que tuvo que huir del país. Ha vivido en Maryland los últimos seis años.

    El Dr. Acosta estuvo en el seminario con la intención de ser sacerdote. Inicialmente, tenia una “fuerte vocación para el sacerdocio porque …vi como la comunidad daba la bienvenida a los sacerdotes. Mi hermana es monja y ella me animó a ir al seminario.”

    Durante el tiempo que pasó en el seminario de San Vicente, tuvo un profesor el Padre Rafael Palacios quien se convirtió en su mentor. Palacios había ido a Chile y Argentina y le explicó al Dr. Acosta que existía la posibilidad de una sociedad diferente. El Padre Palacios sería asesinado algunos años después por escuadrones de la muerte.

    En 1969, la Asociación Nacional de Maestros Salvadoreños (ANDES) lideró una huelga a gran escala. Entre los huelguistas se encontraban algunos maestros del seminario que atendía el Dr. Acosta protestando los abusos que habían sufrido a manos de fuerzas paramilitares, llamadas Organización Democrática Nacionalista (ORDEN). Muchos de sus maestros participaron en la huelga, y el sabían que las quejas eran legítimas. El Dr. Acosta participó en la huelga, y esto causo tensiones con las autoridades del seminario. El Obispo y la Iglesia no salieron en apoyo de los maestros; en su lugar criticaron públicamente la huelga. Esto, junto con otras contradicciones entre las enseñanzas de la Iglesia y sus prácticas, le llevaron a abandonar el seminario.

    El Dr. Acosta se matriculó en la Universidad Centro Americana (UCA), para trabajar allí con los Jesuitas. Se le concedió una beca que le permitió estudiar sociología, Dr. Acosta testificó:”Un día conocí al Padre Ignacio Martín Baro, un prominente profesor de la UCA, y le di las gracias por la beca que había recibido. El Padre Martín Baro me dijo,”no tienes que darme las gracias a mi. Tus padres, tus abuelos, todos tus ancestros ya pagaron por tu beca.” Pensé que tenia toda la razón – ya que mi madre es India.”

    El Dr. Acosta ayudó a establecer la Fundación Salvadoreña de Vivienda Mínima, la cual trabajó para ofrecer casas a los pobres. L Fundación se formó tras un terrible huracán que destruyó muchas viviendas, y el y otros de la UCA se prestaron voluntarios para construir nuevas viviendas para aquellos que habían quedado sin hogar. Trabajó allí durante once años, durante los cuales la Fundación organizo a gente para construir aproximadamente unas 15,000 viviendas. Monseñor Romero visitó un proyecto de 600 viviendas en Soyapango. Monseñor ofició misa para los participantes en el proyecto, y después se unió a la mesa del Dr. Acosta a comer. El Dr. Acosta dijo, “Me impresionó como una persona muy humilde … alguien con autoridad compartiendo la comida con nosotros.. fue revelador para mi.”

    El Dr. Acosta recordó entonces la transformación de Monseñor Romero tras la muerte del Padre Rutilio Grande. Durante algún tiempo, el Dr. Acosta fue a trabajar a Aguilares con el Padre Enrique Sánchez y después con el Padre Rutilio Grande. Entre sus obligaciones estaba el llevar la comunión a unos 200 campesinos en El Paisnal, la ciudad natal del Padre Grande.

    “El asesinato de Rutilio Grande, quien era amigo de Monseñor Romero, un hombre de fe, un hombre de integridad, empezó a cambiar al Obispo Romero rápidamente.”

    El Dr. Acosta relató como, tras la muerte del Padre Grande, Romero pidió a la administración Carter, en una de sus homilías retransmitidas por la radio, que cesara el envío de armas a El Salvador. El Dr. Acosta escuchó con su comunidad de 4150 familias mientras trabajaban en la construcción de viviendas. Cuando Romero pidió a la administración Carter que cesar el envío de armas porque estaban siendo usadas para asesinar a los hermanos y hermanas de El Salvador, todo el mundo paró de trabajar y comenzó a aplaudir. “Dios mío. Realmente me acuerdo de aquello. Como sentí como si no hubiera otra voz que la del Obispo Romero.”

    Acosta narró la persecución de la familia y la asistencia personal que le prestó Romero.

    Su sobrina de 13 años, Yanira Cáceres Arévalo, había ido a la tienda en Suchitoto para comprar materiales escolares, y también algunas copias de Orientación, el periódico oficial católico. Este periódico, así como la estación de radio católica YSAX, eran los únicos medios de información de confianzaza que el gobierno tenia casi control total de los medios de comunicación. La Policía Nacional paró a Yanira. La llevaron a su cuartel central en Suchitoto y allí la retuvieron. Su abuela, Feliciano Álvarez de Arévalo, fue a sacarla de ahí, y fue a su vez detenida.

    Al día siguiente, ambas sobrina y abuela fueron puestas en libertad. Les dijeron:”Iros a casa, tenéis mucho trabajo allá.” Cuando llegaron a la casa, se encontraron a sus dos tías, Angelina Antonia Arévalo y Teresa de Jesús Arévalo, asesinadas. Habían sido disparadas y descuartizadas a golpe de machete.

    Mas tarde, hombres vestidos de civil se llevaron a uno de sus primos, Elías Acosta Rivera, el cual era organizador de la unión de trabajadores Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños. Dos días más tarde su cuerpo fue encontrado por los perros. Le habían cortado la lengua. El Dr. Acosta recordó también como un primo, Jeremías Melgar, y su sobrino Otsmaro Acosta Rivera, fueron disparados a muerte a unos dos kilómetros de la casa de sus padres. Su padre, Pedro Acosta Melgar, los encontró, y enterró en la capilla local porque era extremadamente peligroso llevarlos al cementerio en Suchitoto. “Podría contarles muchas mas historias como estas,” dijo el Dr. Acosta.

    Comenzó entonces a contar sobre el intento de asesinato de su hermano y el asesinato de otro de sus sobrinos. En febrero de 1980, oyó que el Mayor Roberto D’Aubuisson decir en la televisión que el hermano del Dr. Acosta, Jorge Alberto Acosta, era uno de los subversivos con mas influencia en el norte de El Salvador. “Una vez Roberto D’Aubuission acusaba a alguien, algo ocurría seguro.” Tres días después, alrededor de las 4 de la madrugada, más de 20 tiradores rodearon la casa de su hermano en el volcán de Guazapa y abrieron fuego. Su familia recogió siete casquillos de bala tipo M-16. Afortunadamente, ni su hermano ni la familia de su hermano resultaron heridos o muertos.

    El Dr. Acosta dijo que intentó ayudar a su hermano entonces a encontrar un lugar seguro. Pero todo el mundo tenía miedo de ayudarle, temerosos de que las fuerzas de seguridad fueran a por ellos si le ayudaban. Esa semana Mario Zamora Rivas, el Fiscal General de El Salvador, fue asesinado y la población estaba asustada. Así que el Dr. Acosta fue al Obispo Romero. Monseñor Romero dijo: “Mira, te entiendo. Déjale aquí en el seminario …Nos encargaremos de el y de tu primo Otsmaro Cáceres ayudará.” Su hermano encontró refugio en el seminario tres semanas, y pudo llegar hasta la embajada de México donde pidió asilo político. Le concedieron el asilo y llego sano y salvo a México.

    Otsmaro Cáceres Arévalo, que era seminarista, estaba celebrando su primero mesa cuando escuadrones de la muerte fueron a por el. Dispararon a 12 personas además de Otsmaro. El Dr. Acosta testificó:”se decidió [recientemente] que el nombre de la escuela de su comunidad fuera cambiado al suyo. Estoy orgulloso de ese tipo de cosas que están ocurriendo. La terrible ironía es que hablé con mi hermano Jorge hace dos días, quien continua organizando gente en El Salvador, mientras Monseñor Romero y mi primo Otsmaro ya no viven.”

    El Dr. Acosta hablo de los días antes del asesinato de Monseñor Romero:
    Vi al Obispo Romero tres días antes de su asesinato …a las 10 de la noche conduciendo solo. Pensé para mis adentros, ¿como puede un hombre, a quien le han amenazado de muerte, ir conduciendo a las 10 de la noche solo? Y así fue, le asesinaron tres días después.

    El Dr. Acosta estaba en clase en la Universidad Centro Americana cuando se enteró que Romero había sido asesinado. “Estábamos en clase cuando un compañera y miembro de la Comisión de Derechos Humanos, Patricia Cuellar, dijo ”Monseñor Romero acaba de ser asesinado.” Nos quedamos todos conmocionados y en veinte minutos, al Universidad estaba completamente vacía. “Mi pensamiento en ese momento [era] ‘dios mío, dios mío. Si alguien como el puede ser asesinado, el resto de nosotros, somos unos cobardes.”

    El Dr. Acosta pasó a describir el caos del funeral de Monseñor Romero. Vio a gente pisoteada bajo las masas, incluidos muchos ancianos. Recordó la sensación de total impotencia -- no pudiendo hacer nada para ayudar aquellos atrapados los unos bajo los otros. La hija de su hermano Amadeo, Evelyn, quien tenia tan solo trece años, se perdió en aquel lío. La encontraron dos días mas tarde.

    El Dr. Acosta relató su decisión de abandonar El Salvador, lo que hizo mientras vivía en el extranjero, y a su vuelta. El vecino del Dr. Acosta le había avisado de no dormir en su casa, que seria demasiado peligroso para el. Así es que empezó a dormir en diferentes lugares, incluso bajo los arbustos de una plantación de café. Tras días de esto, volvió a su casa y la encontró saqueada. Cuando los intrusos entraron y lo encontraron vacío, fueron a la casa vecina. Seis de sus vecinos fueron asesinados.

    Llegado este punto, dijo que tuvo que decidir si continuar trabajando con los pobres, echarse al monte con la guerrilla y tomar las armas, o abandonar su país. Sabía que no podía continuar lo que estaba haciendo porque no era seguro. Pero moralmente se oponía a matar a otro ser humano. Su padre siempre le había enseñado a resolver conflictos de manera pacífica, y el sentía que “dos equívocos no hacen un acierto.” Así que decidió que tendría que abandonar su país. Llegó a México y finalmente hasta Canadá y de allí a Estados Unidos. Cuando volvió a El Salvador 10 años mas tarde, se enteró que cinco de sus antiguos profesores, sacerdotes Jesuitas, habían sido asesinados. El Padre Segundo Montes, quien había guardado sus libros y discos mientras estaba fuera, también había sido asesinado.

    Tras salir de El Salvador, dio extensas charlas públicas en México, Canadá y los Estados Unidos para educar al público sobre violaciones de derechos humanos en El Salvador. Mientras en los Estados Unidos, le pidieron varios miembros del Congreso y del Departamento de Estado que servirera como enlace entre la embajada de El Salvador, el agregado militar, y el FML para facilitar las negociaciones y acabar la guerra civil. Acosta pudo acercar a las partes involucradas para que comenzaran un dialogo. El proceso culminó con los Acuerdos de Paz mediados por la O.N.U. dos años mas tarde.

    En 1990, decidió volver a El Salvador con su esposa nacida en EEUU, Barbara Dole Acosta, y sus hijos. Quiso hacer algo para honrar la memoria de Monseñor Romero. Decidió crear una nueva universidad con su nombre. Recaudo algún dinero y en 1992, aprovechando la atmósfera creada por los acuerdos de paz, la Universidad Arzobispo Romero fue reconocida formalmente como entidad legal. La Universidad, situada en La Aldeira en la provincia de Chalatenango, abrió sus puertas en 1994 y ahora cuenta con casi 800 estudiantes y 52 profesores. La Universidad ha graduado a más de 160 nuevos profesionales. El Dr. Acosta testificó que la Universidad es parte de la realización de la visión de Monseñor Romero, cuando el Arzobispo dijo, “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.”

    Recordando que perdió a 72 miembros de su familia durante los 12 años de la guerra civil, el Dr. Acosta pasó a decir que nombres que nunca habían sido mencionados por la Comisión para la Verdad en el proceso habían sido dados en este juicio; nombres que habían sido enterrados y ahora recuperados y recordados para la historia. “Creo que una vez se haya hecho justicia, seré capaz de perdonar pero no de olvidar, y es hora de seguir adelante. Creo que dar este testimonio frente a un juez federal y ante todos los presentes aquí en Fresno, California, ofrece un cierto grado de conclusión para mi y mi familia y para la sociedad salvadoreña. Muchas gracias.”

    Walter Guerra

    Walter Guerra, sacerdote católico desde hace 35 años y cercano colega del Arzobispo Romero, testificó sobre la violenta opresión sufrida por el pueblo de El Salvador, su propia persecución y el papel vital que Romero jugó en negociar y solucionar conflictos entre trabajadores y los grandes hacendados.

    El padre Guerra fue ordenado sacerdote en 1969. Además de su devoción a su parroquia, Guerra participa en varias organizaciones sin ánimo de lucro, incluida una que se dedica a erradicar la malnutrición de niños y a proveer educación nutricional, y una que ofrece becas estudiantiles. A través de estas organizaciones, Guerra ha ayudado a alimentar y educar a miles de niños.

    Guerra conoció a Romero por primera vez en 1962 estando en el seminario de Armenia, una localidad situada al oeste de la provincia de Sonsonete, El Salvador. Fue designado párroco de esta parroquia en febrero de 1977, el mismo mes que Romero fue ordenado Arzobispo … Guerra recordó”

    La represión en Sonsonete fue terrible. Armenia fue una de las ciudades mas azotadas por la opresión. El objetivo de la represión era el eliminar toda oposición al gobierno. No era posible tener una organización o reunión. Solo las funciones religiosas, como la santa misa, estaban permitidas. Cualquier otra actividad era peligrosa y sospechosa de acuerdo con el ejército. Por esto todos los jóvenes, maestros y campesinos eran blanco fácil. En tres años, más de 500 personas fueron asesinadas. Vi a muchos de mis parroquianos brutalmente asesinados.

    Guerra recordó el asesinato de su mejor amigo:

    Mi mejor amigo fue asesinado a la puerta de mi casa parroquial. A las 2 de la mañana le llenaron a Jorge de balazos, y dispararon también a su madre que trataba de ayudarle. La dejaron allí desangrándose hasta morir. No hubo nada que pudiéramos hacer. A pesar de todo, a las 4 de la madrugada, me aventuré fuera, tomé el cuerpo de Jorge y le limpie la sangre. Después llevé a su madre al hospital. Muchos otros fueron asesinados, y yo oficié también sus funerales.

    Guerra continuó recordando lo que era vivir en estas condiciones:

    Durante los últimos meses en la vida de Monseñor Romero, dormíamos todos con la ropa puesta, por si acaso teníamos que salir corriendo en cualquier momento… Era habitual ver cadáveres en las calles. Yo mismo tuve que recoger a seis hombres jóvenes. La Guardia Nacional y los escuadrones de la muerte habían arreglado sus cuerpos en orden de talla y los dejaron en la carretera a San Salvador, para que lo viera todo el que pasara.

    Guerra testificó sobre el día que fue detenido. Estaba acompañando al alcalde a su oficina. El alcalde se suponía tenia que firmar un documento permitiendo una celebración. Mientras Guerra andaba a su lado, una mujer de la guerrilla le disparó al alcalde en la espalda, y murió de camino al hospital.

    La Guarda Nacional arrestó al Padre Guerra a la puerta de la alcaldía. Le acusaron de conspirar con la guerrilla en el asesinato del alcalde. Le ataron los dedos a la espalda con plástico durante 12 horas. “Los dedos se me hincharon tanto, que no podía abrir el cinturón.” Había ocho prisioneros más en mi celda. Uno dijo, “Padre, no se preocupe, que nosotros le defenderemos.” Otro prisionero le dio su cama – un pedazo de cartón. Le avisaron, “si oye un ruido, nos e mueva, nosotros iremos a ver que es.”

    La gente del pueblo rodearon el lugar donde se encontraba Guerra detenido, para prevenir que su traslado y ejecución clandestina. “empezaron a mandar galletas y otros refrescos.” Había “gran solidaridad.” Invitó a los otros prisioneros a que se le unieran y “se reunieron todos a las 6 de la tarde para comer y rezar juntos.”

    La familia del Padre Guerra y el Arzobispo Romero enviaron a abogados. Su testimonio fue dado al Juzgado de Paz, y los abogados explicaron que no había base para su detención. El juzgado estuvo de acuerdo y se ordenó su puesta en libertad. Romero estaba en Roma en aquel momento, pero había llamado a Socorro Jurídico, la oficina de derechos humanos de la Archidiócesis, y les pidió enviaran un abogado para ayudar a Guerra. Enviaron a Roberto Cuellar, director de la oficina.

    El Padre Guerra describió otros asuntos que había tenido con Romero y l el importante rol que Romero jugó más allá de su posición en la Iglesia.

    Aunque la parroquia del Padre Guerra no formaba parte de la diócesis de Romero, Romero confiaba en Guerra porque “era maestro en el seminario y en la UCA [Universidad Centro Americana en San Salvador].” Tenían reuniones mensuales con todos los sacerdotes para poder considerar la situación del país y encontrar vías de acercarse a la situación. Monseñor Romero atendió las reuniones y participó activamente.

    Romero también invitó a su vez al Padre Guerra para que le acompañara en negociaciones de huelgas. Guerra recordó algunas de estas disputas laborales. En junio de 1968hubo una disputa entre la familia Mesa que era dueña de una destilería y sus trabajadores. Los Mesa habían aceptado a Romero como negociador porque confiaban en el. Habló primeramente con los trabajadores, luego con la administración para acercar ambas partes. “Ponía en la mesa propuestas que eran realizables. Era muy amistoso con la administración, para que pudieran ver, sentir las condiciones de los trabajadores, y de esta forma obtener concesiones.”

    En otra ocasión, Romero negoció una disputa entre operadores de autobús y sus dueños. Los operadores pedían mayores sueldos. Los autobuses, que eran muy viejos, requerían constantes reparaciones, y no quedaba dinero para subir sueldos. La solución de Monseñor fue ayudar a los dueños de los autobuses a obtener un crédito. Con el crédito, tuvieron la oportunidad de adquirir mejores autobuses, y entonces poder pagar mejores salarios a los operadores.

    Guerra también trabajó con Romero escribiendo cartas pastorales. Una de las mas significativas explicaba que fe y política no eran contrarias entre si, sino que los Cristianos tenían la obligación de involucrarse en política y organizarse. El tema de esta carta fue decisivo para los Cristianos en El Salvador de aquel momento.

    Durante los dos últimos años en la vida de Monseñor Romero, Guerra también atendió las reuniones semanales para ayudar a preparar las homilías de cada semana. “Nos reuníamos en San Salvador y trabajábamos de las 7:30 a las 10:00 de la mañana.” Monseñor Romero escuchaba deferentes informes de varios consejeros de política, financias, temas sociales, pastorales y de derechos humanos. De estos informes, escribía homilías.” Las escribía el mismo – escribía bastante bien a máquina,” explicó el Padre Guerra.

    Sus homilías eran una antorcha de luz para todo tipo de gente. Aplicaba el mensaje bíblico a la vida. Tomaba una imagen realista de lo que estaba teniendo lugar durante la semana, y llegaba a conclusiones. Denunciaba violaciones de derechos humanos: daba nombres, apellidos, nombres de lugares, etc.

    Guerra continuó:

    El era la única persona que podía decir estas cosas en El Salvador. En aquellos momentos, el decir estas cosas era como invitar a una sentencia de muerte. El era la voz de aquellos que no tenían voz. Siete veces fue amenazado de muerte. Dijo “no me asusta morir. Bienvenida sea la muerte. Porque el día que me asesinen, resucitaré en el pueblo salvadoreño.”

    Guerra y otros sacerdotes aconsejaron a Romero el sábado por la mañana antes de su ultima misa del domingo 23 de marzo de 1980 que:” No deberíamos invitar a la desobediencia de los soldados. No queremos darles la oportunidad de que le maten.” Pero, Romero “quería denunciar masacres cometidas por el ejercito. Escuchó nuestro consejo, pero calló. Tomó la decisión de invitar a los soldados a no participar en las muertes … y ya saben como aquello concluyó.”

    Guerra relató el impacto de los hechos que siguieron al asesinato de Romero. “Estaba muy triste y furioso. Sentí como si una luz se hubiera apagado… El martes, fui a San Salvador. Visité sus restos todos los días uniéndome a las masas.”

    Los restos de Romero estaban en la Basílica del Sagrado Corazón, a ocho manzanas de la Catedral Nacional porque la Catedral estaba todavía en construcción. “Estuve en el funeral. Fui uno de los seis sacerdotes que llevaron el ataúd con Monseñor Romero desde el altar hasta la entrada principal.”

    Estuvieron presentes más de 300 sacerdotes de toda América y Europa. El Cardenal Corripio de México estaba celebrando misa cuando se escuchó la primera bomba. Un desfile continuo de gente se acercaba al cuerpo del Arzobispo. No podían entrar en el recinto por las verjas que lo separaban. Comenzaron a estallar bombas y hubo una aglomeración de gente en todas direcciones.

    Fue un momento totalmente de locura. Todo Edmundo corría asustado. Mucha gente cayó al suelo y fue pisoteada por la multitud… Llevamos los restos de Monseñor dentro de la catedral. La masa de gente tiró abajo las verjas y unas 5,000 personas entraron en el recinto. Inmediatamente trasladamos el cuerpo de Monseñor Romero a la cripta. Nos preocupaba el que fueran a intentar robarse el cuerpo de Monseñor Romero. Animamos a la gente a cantar… Para mediodía la situación se había calmado, y los sacerdotes jóvenes salieron a recoger 17 cadáveres [de aquellos que habían sido pisoteados].

    En este momento, el letrado del demandante mostró varias fotografías de cuerpos pisoteados.

    El Padre Guerra testificó que “el Cardenal dio sus bendiciones finales, y aproximadamente a las 4 o 4:30 de la tarde, todos los sacerdotes y monjas fueron escoltados por el ejercito hacia ambulancias de la Cruz Roja que estaban esperando. Los militares les forzaron a ir con las manos en alto mientras salían. Miembros de las guerrillas habían entrado en la catedral. Gracias a ellos, la policía y el ejercito no entró – el ejercito les tenía miedo. La Iglesia y autoridades civiles negociaron que el ejército se retirara.

    Guerra habló a si mismo del legado de Monseñor Romero:

    “Han pasado veinticuatro años. Y cada año aumentas las actividades por Monseñor Romero. Creo que el es el sacerdote del que mas se habla en todo el mundo. De hecho, la Iglesia Anglicana han situado una estatua de el en la Abadía de Westminster. El es un mártir para la Iglesia Anglicana y, por supuesto, para nosotros.”

    Hizo recuento de lo que el Papa dijo en su visita a El Salvador: “Afortunado es el pueblo salvadoreño que tiene un pastor, un obispo y un mártir como su guía.”

    Se presentaron entonces una serie de fotografías mostrando actividades celebrando y recordando a Monseñor Romero en las Ameritas.

    El Padre Guerra continuó “Siempre hay flores y gente rezando en su tumba. El Papa Juan Pablo II cambio su ruta y de manera inesperada llego [a la tumba de Monseñor] se arrodilló y rezó allí.”

    Se le preguntó al Padre Guerra si había sido el objeto de amenazas tras el asesinato. Dijo que dejó El Salvador en julio de 1980 y marchó a México. “La gente de Armenia seguía diciéndome que me marchara.” Se quedó allí dos años, volviendo a El Salvador en agosto de 1982. “Estuve durante toda la guerra civil en El Salvador.”

    A su llegada, el ejército le amenazó. El coronel en Sonsonate, donde estaba situada la parroquia del Padre Guerra, le dijo:”Eres de la guerrilla, te mataría como tu me matarías a mi, así que vete.” Pero, el Padre Guerra explicó que:”había tomado la decisión de que no me iba a marchar, porque la gente me necesitaba. La Iglesia era la esperanza del pueblo. Por ese motivo, no podía irme.”

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    3 de Septiembre

    Profesora Naomi Roht-Arriaza y Profesora Terry Lynn Karl

    Profesora Naomi Roht-Arriaza

    El abogado Rusell Cohen comenzó estableciendo las calificaciones de Naomi Roht-Arriaza para testificar como experta.

    La Prof. Roht-Arriaza testificó que es Profesora de Derecho de la Universidad de California en la Facultad Hastings de Derecho en San Francisco, donde enseña derecho internacional de derechos humanos, responsabilidad civil extracontractual, y un seminario para responsabilidad de violadores de derechos humanos. Tiene un Doctorado en Jurisprudencia de la Universidad de California en Berkeley. Una de las áreas de investigación de la Prof. Roht-Arriaza es la responsabilidad por los abusos de derechos humanos en Latino América. Ha escrito dos libros: Impunidad y Derechos Humanos: Ley Internacional y su Práctica (Oxford University Press: 1995) y El Efecto Pinochet: Justicia Transnacional en la Era de los Derechos Humanos (Universtiy of Pennsylvania Press: a publicarse en 2004). Ha escrito también numerosos artículos en los temas de impunidad, responsabilidad, y amnistía. Estuvo como observadora en el juicio celebrado en El Salvador a los oficiales acusados de asesinar a seis sacerdotes Jesuitas, y preparó un informe para al Asociación de Abogados de San Francisco basado en sus observaciones. Es un miembro del consejo de colaboradores de un numero de organizaciones de derechos humanos, incluido el Center for Justice and Accountability (Centro de Justicia y Responsabilidad), por lo cual no recibe ninguna remuneración. Tampoco recibió remuneración alguna por su testimonio.

    El Juez Wanger encontró a la Prof. Roht-Arriaza cualificada para ofrecer sus opiniones expertas en los asuntos de ley internacional y nacional concernientes a la responsabilidad por violaciones de derechos humanos; la composición, el significado, la función y efecto de las comisiones para la verdad; la operación, función y competencia de las cortes en El Salvador; y la operación y efecto de las leyes de amnistía en general y la ley de amnistía en El Salvador en particular.

    La Prof. Roht-Arriaza testificó que la definición de impunidad es la “no-acción por parte del gobierno en vista de las pruebas de que se han cometido crímenes, casi siempre por personas en el poder.” Explicó que las violaciones de derechos humanos tienen lugar cuando aquellos que las están cometiendo están seguros que nunca serán castigados. La respuesta a la impunidad, dijo, es la responsabilidad legal.

    La Prof. Roht-Arriaza explicó que una situación típica en la cual la impunidad se convierte en una cuestión a resolver es después de un periodo de masivas violaciones de derechos humanos. Durante este periodo de transición, un nuevo gobierno se enfrenta a la cuestión – la cual surge durante la formación del nuevo gobierno o durante las negociaciones de paz – sobre que hacer con aquellos individuos que cometieron violaciones. Durante estos periodos transitorios los gobiernos tienen un número de opciones para tratar la cuestión de responsabilidad. Entre otras medidas, pueden perseguir procesos criminales en cortes nacionales o internacionales; perseguir, o permitir a partes privadas el querellarse, responsabilidad civil contra el estado o autores individuales; y establece comisiones para la verdad que recojan informes de violaciones pasadas.

    La Prof. Roht-Arriaza explicó que es importante para los Estados implementar mecanismos que aborden la responsabilidad, ya que patrones de violencia no criminalizados tienden a re-emerger con el tiempo. También dijo que el fracaso de los gobiernos al no determinar las responsabilidades legales crea situaciones en las que no hay respeto del estado de derecho porque solo algunas personas son consideradas responsables ante la ley. Sin un intento oficial de abordar las violaciones, la gente puede tomar la justicia por su mano ya que no hay otro canal social aceptable para tratar estas cuestiones.

    La Prof. Roht-Arriaza pasó a testificar sobre las comisiones de la verdad. Dijo que las comisiones de la verdad son cuerpos oficiales creados con el propósito de investigar un patrón general de violaciones acaecidas en un período en concreto en un país en particular. Generalmente, su mandato incluye el llegar a conclusiones sobe causas, patrones y alcance de violaciones de derechos humanos, y hacer recomendaciones sobe como acabar con ellas.

    La Prof. Roht-Arriaza describió la Comisión de la Verdad para El Salvador. Fue creada en 1992 al amparo de los acuerdos de paz negociados entre el gobierno de El Salvador y el FLMN (el grupo guerrillero). La Comisión estaba compuesta por tres comisionados extranjeros, independientes y un grupo internacional de trabajadores - aproximadamente 60 no-salvadoreños (como una medida de protección de la confidencialidad de las pruebas y los recursos). De las 22,000 quejas que recibió la Comisión de la Verdad, investigaron 32 casos – aquellos que demostraban o bien un patrón común, concerniente al que habían recibido numerosas quejas, o bien aquellos que tenían particular resonancia dentro de El Salvador.

    La Comisión de la Verdad obtuvo testimonio de victimas de tales violaciones, de testigos, y de personas del ejército. No tomaron testimonio en público, como habían hecho algunas Comisiones, debido al gran grado de miedo todavía existente.

    Los comisionados decidieron ya temprano, que no iban a encontrar que ninguna afirmación era verdad a no ser que pudiera ser probado el hecho a través de dos fuentes de información independientes. También decidieron que tenían autoridad para nombrar a los individuos responsables si había suficiente prueba para ello.

    La Prof. Roht-Arriaza testificó que el informe final de la Comisión de la Verdad incluía un número de recomendaciones. Algunas recomendaciones eran concernientes a reparaciones sociales, tales como el construir un monumento o ayudar a encontrar restos mortales de victimas. Otras recomendaciones llamaban a reformas estructurales del ejército, la policía y el sistema judicial. En particular, Prof. Roht-Arriaza apuntó que la Comisión de la Verdad encontró que “la evidente incapacidad del sistema judicial para investigar crímenes, hacer cumplir la ley, aplicar la ley en actos de violencia, … cometidos bajo la directa o indirecta cobertura de autoridades públicas fue parte de la situación.” La Comisión fue particularmente crítica con la Corte Suprema y su presidente. Acusó a este de inacción y complicidad en el encubrimiento de crímenes.

    La Prof. Roht-Arriaza testificó que el gobierno salvadoreño estaba furioso con el informe de la Comisión – especialmente el que nombraba a individuos responsables – y rechazó totalmente los descubrimientos de la Comisión. Cinco días después de haberse hecho público el informe, el gobierno salvadoreño aprobó una ley de amnistía. Aunque había habido otras leyes de amnistía, la ley de amnistía de 1993 era extensa, absoluta e incondicional amnistía para cualquier persona que participara como autor o cómplice en crímenes políticos o masacres ocurridas antes del 1 de enero de 1992. La única excepción era para personas involucradas en secuestros con rescate.

    La Prof. Roht-Arriaza testificó que la ley de amnistía no solamente eliminó cualquier enjuiciamiento de personas asociadas con el asesinato del Arzobispo, sino que extinguió la posibilidad de responsabilidad civil. La ley salvadoreña es la única ley de amnistía en Latino América - según la Prof. Roht-Arriaza- que explícitamente extingue la responsabilidad civil.

    Se llevaron a cabo varios intentos de abrir una investigación por el asesinato del Arzobispo Romero, pero todos sin éxito. Uno de ellos, tal y como la Prof. Karl testificó con anterioridad, fue en 1987. La Corte Suprema salvadoreña desechó el escrito de la acusación alegando que el testimonio de Garay, el conductor de Saravia, testimonio en el que estaba basada la acusación, fue tomado siete años después de haber ocurrido los hechos. Uno de los aspectos más escandalosos de la decisión fue que el fiscal se negó previamente a interrogar a Garay.

    Después de haberse aprobado la ley de amnistía, hubo un intento fallido de reabrir el caso porque la Corte Suprema de El Salvador encontró que la ley de amnistía era constitucional, e intentos después de esa sentencia fueron parados en la base de res judicata (esto es, que la cuestión ya ha sido decidida.)

    La Prof. Roht-Arriaza explicó que hubo varios intentos de declarar la ley de amnistía inconstitucional. En 1993, la Corte Suprema concluyó que la cuestión era una “cuestión política.” En el año 2000, estableció que el juez tenia discreción para aplicar la amnistía al caso concreto si se violaba o no, un “derecho fundamental” y en este caso el fiscal general de El Salvador tendría que pedir a la corte que no aplicara la ley de amnistía. El fiscal general se negó a hacer esto por dos razones: 1) esos casos eran simples asesinatos, y por lo tanto no eran violaciones de derechos fundamentales, y 2) el plazo de prescripción legal ha expirado y